WOODY ALLEN Y LA PARODIA DE LOS INTELECTUALES

Escrito por Dani Reina

Al comienzo de Annie Hall (1977), Woody Allen, encarnando a Alvy Singer, parafrasea a Groucho Marx: “No me interesa pertenecer a ningún club que cuente con alguien como yo entre sus socios.” Esta sentencia marca un poco la paradoja que va a representar su obra. En esta película, probablemente la más importante de su filmografía, Woody Allen plantea lo que será su sello de identidad. El director neoyorquino se ve a sí mismo como un intelectual que no quiere pertenecer a ese grupo y por tanto dedicará su obra a retratarlos por medio de la parodia.

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Como veremos a continuación, Allen presta especial atención a la élite cultural, a los intelectuales o a las celebridades en sus películas. Escribe sobre humoristas, productores de televisión, guionistas de cine y televisión, novelistas, profesores de universidad, actores, directores de cine… Hace un retrato de estas personalidades para criticar a la sociedad, a la cultura, al papel del conocimiento o incluso para reírse de sí mismo.

En el cine de Allen, los intelectuales son seres superficiales que usan su conocimiento y retórica para esconder su neurosis y vacío existencial. Esto lo vemos, por ejemplo, en una escena de Annie Hall, donde el protagonista, mientras espera en la cola del cine, enfrenta a un académico experto en Marshall McLuhan contra el propio McLuhan. Irónicamente, el filósofo canadiense concluye la discusión diciendo: “hasta mis falacias las explica usted al revés”. De este modo, el director iguala al mismo nivel a uno y a otro, dejándoles a ambos con el único don de la oratoria y poniendo en duda no solo a los pensadores sino el valor del propio conocimiento. Como apunta Alvy Singer en la película, “si hay algo demostrado en los intelectuales es que pueden decir cosas muy brillantes y no tener ni idea de lo que pasa por el mundo.”

En Manhattan (1979) el personaje de Diane Keaton se rodea de la élite intelectual y cultural neoyorquina a la que el protagonista, Isaac David, interpretado por Woody Allen, describe como “un grupo de amigos muy interesantes que parecen que hayan salido de una película de Fellini”. En definitiva, seres surrealistas, patéticos y excéntricos escondiendo sus miserias.  Es en este film donde Allen expone por primera vez de forma precisa la tesis con la que nos encontramos en el resto de su filmografía. La razón, la cultura y el conocimiento no dan necesariamente la felicidad. Es más, hay veces que no sirven para nada. En una escena de la película, el personaje de Diane Keaton llama por teléfono a Isaac, que tras contarle que estaba leyendo el periódico, le dice “No, no, no. No leía el artículo sobre las masas anónimas de China. Estaba mirando los anuncios de lencería. Sí, no puedo dejar de mirarlos. Son realmente eróticos.” Allen plantea de forma cómica como el erotismo, o el placer en general, es la alternativa ideal para contrarrestar un exceso de intelectualismo. Esta idea la explicita el protagonista en la mítica escena del planetario: “Nada que valga la pena puede ser entendido con la mente. Todo lo que es verdaderamente valioso tiene que entrar por una abertura distinta, y perdona lo desagradable de la imagen.”

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Como hará en futuras películas, nos plantea que la alternativa al uso del conocimiento y la razón para sobreponerse al vacío existencial y a los desequilibrios emocionales, es el amor. Al final de la película, Isaac David elige quedarse con el personaje de Mariel Hemingway en lugar del de Diane Keaton.  Allen elige a la más ingenua de los personajes, la menos intelectual, pero la única capaz de amar.

En Zelig (1983) encontramos la historia del llamado “hombre camaleón”. Un falso documental sobre un hombre capaz de convertirse literalmente en el tipo de persona con las que se relaciona. No solo habla y se comporta como un psiquiatra cuando se rodea de ellos, sino que engorda de forma instantánea al rodearse de obesos o cambia de raza al rodearse de músicos negros. Es un individuo radicalmente solitario, que nunca concluye la tarea de construir su propia identidad. En esta película Allen entrevista a varios intelectuales como la ensayista Sussan Sontag, el escritor ganador del Nobel, Saul Bellow, el escritor Irving Howe o el psicoanalista Bruno Bettelheim para que hablen del hombre camaleón. El cineasta realiza un análisis satírico de la cultura occidental con la ayuda de estos individuos que se prestan al mismo juego del director: Utilizar la autoridad que les confiere la sociedad como intelectuales no solo para criticar la sociedad sino para reírse de sí mismos.

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Ramón Luque en su libro Todos somos Woody Allen. Neurosis y exclusión social en su cine defiende que el director neoyorquino, a través del personaje de Mickey en Hannah y sus hermanas (1986), propone la superación de los dilemas existenciales, no a través del conocimiento sino “del arte, el esfuerzo por realizar una obra artística, y por otro lado del amor”. Mickey se vuelca en la creación artística, que le ayuda a salir de la situación de angustia a la que llega por culpa de su obsesión por desentrañar “la complejidad de la vida”. Al personaje de Allen se suma el de Michael Caine, quien pregunta a su psiquiatra: ¿Por qué tanta educación, tantos logros, tanta mal llamada sabiduría, si no consigo entender ni mi propio corazón?

Como hemos visto, esta última cuestión se mantiene en toda la obra del cineasta. Veintitrés años después de Hannah y sus hermanas, Allen rodó una película cuyo guion escribió en los años setenta. En Si la cosa funciona (2009), Larry David interpreta a Boris, un hombre inteligente e irónico, tan seguro de su superioridad intelectual que se ríe de todos aquellos que considera inferior a él. Boris es el único que habla a la cámara y el único consciente de ser un personaje de ficción. Es un genio misántropo, pedante, despectivo y arrogante. Fue profesor de mecánica cuántica en la Universidad de Columbia pero, siguiendo las preocupaciones de Allen, renuncia a todo, pues a pesar de acumular tanto conocimiento, es incapaz de encontrarle un sentido a su vida.

Acompañando a Boris, aparece el personaje que interpreta Evan Rachel Wood, Melody, una chica ingenua e inculta, totalmente opuesta a él. Un personaje que recuerda al de Mariel Hemingway en Manhattan. Al igual que aquella, será quien conquiste el corazón del hombre intelectual y sumido en su angustia existencial. Siendo fiel a su tesis, el amor de una joven sin discursos intelectuales devuelve el sentido a la vida de un adulto insatisfecho por un vacío provocado al sobrevalorar el papel del conocimiento y la cultura.

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Desde Annie Hall, Allen nos repite hasta la saciedad que el conocimiento no sirve como camino a la felicidad.  En esta película de 1977 lo reflejó de forma muy cómica con la siguiente escena:

ALVY
Parecen ustedes una pareja feliz ¿Lo son?

MUJER
Sí.

ALVY
Sí, ¿y cómo se lo explica usted?

MUJER
Oh,  soy muy superficial y vacía. 
No tengo ideas, ni nada interesante que decir.

HOMBRE
Y yo exactamente igual.

Como contrapartida, él propone la creación artística, entendida como medio de expresión de la personalidad, y el amor, como única forma de alcanzar la verdadera felicidad o al menos la apariencia de ella. Esta idea queda preciosamente resumida al final de Midnight in Paris (2011), donde el personaje de Owen Wilson se aleja bajo la lluvia con la joven encantadora del mercadillo, amante de Cole Porter, tras haber decidido dejar su trabajo como guionista en Hollywood y, al igual que sus ídolos, mudarse a París para escribir su novela.

Midnight in Paris (2011)

Estos son solo unos pocos ejemplos en la filmografía de Woody Allen donde reitera continuamente su crítica frontal contra los intelectuales por esconder tras el conocimiento sus verdaderas frustraciones. Paradójicamente, esto es exactamente lo que hace el propio Woody Allen con sus películas, con sus continuas referencias literarias y sus influencias culturales, y muy conscientemente, asume esta paradoja como base de su crítica.

 

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Publicado el marzo 29, 2017 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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